martes, 5 de julio de 2011

#11

Y ahora, un pequeño entremés...


Así, puesto que los sentidos nos engañan, a las veces, quise suponer que no hay cosa alguna que sea tal y como ellos nos la presentan en la imaginación; y puesto que hay hombres que yerran al razonar, aun acerca de los más simples asuntos de geometría, y cometen paralogismos, juzgué que yo estaba tan expuesto al error como otro cualquiera, y rechacé como falsas todas las razones que anteriormente había tenido por demostrativas; y, en fin, considerando que todos los pensamientos que nos vienen estando despiertos pueden también ocurrírsenos durante el sueño, sin que ninguno entonces sea verdadero, resolví fingir que todas las cosas, que hasta entonces habían entrado en mi espíritu, no eran más verdaderas que las ilusiones de mis sueños.


René Descartes, Discurso del Método.


Comienzo de la paranoia.
Junio: Este libro lo leo en su totalidad hace casi un año y lo entiendo unas semanas antes de rendir Problemática del Conocimiento. Volándome los sesos una y otra vez, releo cada palabra de cada oración. La comprensión lectora real mas no formal comienza ahí, pues se tratan de oraciones largas y complejas. Cavilar de una semana a otra capítulos varios sobre el existencialismo es una bomba de tiempo para la masa encefálica. Cuando uno se encuentra leyéndolo en la cama, y piensa que tal vez no es esa siquiera una cama, es un vehículo de transporte hacia lo inimaginable, lo inimaginable por tratarse esas de realidades. Ver que jamás fue real, que estamos en esa matriz en donde los sueños son las mejores realidades y las pesadillas las que jamás vivirías en eso que decís “mundo”. Las ilusiones que te hacen proyectar sobre lo virtual. Cuando te programas despertar en medio del ciclo REM y ves que desconoces caras que te hablan como si te hubieran parido con sus propios cuerpos, te aconsejan como tus mejores amigos. Lo irreal se torna real, vivís lo que siempre quisiste o la peor de tus pesadillas. Muerte en el propio funeral, lecho de muerte anterior a la eutanasia. Veneno envenenado, sueño eterno… vida eterna.
Noviembre: cinco de la mañana de algún martes. Te das cuenta que ser colibrí no basta, que te sentís halcón, como lo harías en marzo, viendo a ese mosquito hacer su spin mientras moría en Raid. Te asomás al balcón­. Necesitas volar para comprobar que esas alas son un hecho. ¡NO CARLA, DESPERTÁ! Dedicale al Guillito This Love de Pantera. Llora consciente, date cuenta que estás usando el cerebro, baja a tierra… las ilusiones no valen por dos sobre este suelo. Nadie lo vale, nadie importa más que tu diablo. Llegas tarde y a la mitad pero como nada importa, el tiempo es inmutable… esas agujas no se mueven aunque les des un gran empujón. Cualquier factor contribuye al llanto y la risa en desmedida. El juego termina, lo sentís pero ese reloj no corre, mejor después lo hará y terminará. El día de la locura extrema se acerca, imprimís el comprobante para ir al sanatorio el resto del verano (pensalo bola, tienen aire acondicionado, dormirías mucho… no te olvides odias el verano y si salís antes de tiempo todavía valdrá ese plan de acá a cuatro años, consistente en vivir de noche por tres meses al menos). No entra nada, ni lo indispensable ni lo que te diga la radio. Tratas de sacarte de vos misma, empujando conceptos. La verdadero es que la puerta no se puede entornar siquiera está muy lejos de ello. Cerrás todo, el almacen, las cortinas, los sentimientos. ¿Para qué usar lo que no funciona temporariamente?

Ya fue, y que sea a su arbitrio. ¿¡Cuántas veces te quemaste con aceite de girasol!?


(Debí advertir sobre el contenido de la entrada #10. Miren lo que pasó nomás. Ahora están más avisados que mi “Advertencia de Contenido” del Sr. Blogger.)